Todo es mejor que quedarse a mirar

La revista Muzikalia se estrena como editorial con ‘Había una vez… Sr. Chinarro’, un libro de conversaciones con Antonio Luque

[Artículo publicado en El Diario Montañés, 11 de enero de 2020]

Alguien tendrá que investigarlo un día, pero el cómputo del tiempo en el mundo digital probablemente sea paralelo al canino, al menos en lo que rezaba esa teoría apócrifa según la cual un año de vida perruno equivaldría a siete humanos. Aplicando un tabla de conversión similar, que un medio de comunicación en línea logre cumplir una década en la red es toda una proeza; llegar a la segunda es entrar ya en el terreno de lo épico. Una medalla que acaba de ponerse la revista digital Muzikalia, dedicados a la información y crítica musical desde el año 2000. Cuando todos debatíamos sobre si el mundo se reiniciaría o no al cambiar los dos primeros dígitos, unos vendían parches y otros empezaban a escribir su futuro. Y quizás la mejor manera de celebrar semejante efeméride sea transformarse, evolucionar para demostrar que la adaptación al medio sigue siendo la mejor forma de supervivencia. Así, desde hace unas semanas Muzikalia es también una editorial, especializada en libros de temática musical.

Para inaugurar el nuevo sello –ya hay anunciada una segunda publicación para primavera–, los editores han optado por un libro de conversaciones con «un artista fundamental»: Antonio Luque, una de las figuras mayores de la escena independiente nacional en los últimas tres décadas, siempre al frente de Señor Chinarro. Para la redacción, tampoco se han complicado demasiado: lo firman Manuel Pinazo y Chema Domínguez, «madrileños del 73» –qué gran cosecha, por cierto–, periodistas más que curtidos y dos pesos pesados de la propia revista: Pinazo es el director de Muzikalia, y Domínguez, además de miembro del consejo editorial, tiene ya un par de libros dedicados a músicos, a MClan e Ismael Serrano, en concreto.

Enfrentarse a un libro sobre Antonio Luque no resulta una tarea tan sencilla como pudiera parecer de antemano; salvo para los más rendidos admiradores, las dificultades estriban en que, junto a una obra sólida y compleja, la personalidad del artista se antoja todavía más compleja. En sus entrevistas y declaraciones suele asomar su vena más reivindicativa y no se muestra como el alma de la fiesta, precisamente. De manera que, a menos que Pinazo y Domínguez se plantearan escribir sólo para incondicionales, tenían por delante la dura tarea de desmontar la imagen pública y presentar a un Luque más accesible; sobre todo, teniendo en cuenta que debe acompañar al lector durante más de doscientas páginas.

Abre fuego Tomás Fernando Flores, quien mucho antes de ser directivo, premio Ondas y demás zarandajas ya era una de las voces más interesantes que uno podía escuchar en la radio nacional. Y viste a Luque de «juglar generacional»; por un lado, resalta su valor literario, por otro, recalca su particular carácter: dadaísta, juguetón, burlón, cáustico, ingenioso y fecundo. Una lluvia de adjetivos cuya oportunidad se irá demostrando a medida que avance el libro.

Son varias las conversaciones que mantienen los periodistas con Luque, y consiguen transmitir no sólo las vivencias que el músico desgrana –la idea inicial–, sino la atmósfera especial que se crea en sus encuentros, de los que casi se puede oír el chasquear de las cervezas y las risas compartidas. Pinazo y Domínguez admiran a Luque desde los noventa, pero sobre todo conocen a fondo su trayectoria, que además han ido documentando como cronistas y críticos en las dos últimas décadas. Así, en los trece capítulos –o doce más uno, que no tampoco hay por qué tentar a la suerte–, ellos soltarán carrete y el músico irá contando su vida desde la infancia sevillana hasta la actualidad.

Es de agradecer que Luque no se guarde nada: quién le cayó mal, qué se fumaron en Nueva York para que la grabación se fuera al traste, los líos de dinero con las discográficas… Hasta el consejo en ripio que le dio el planetero J: «Cuanto más sencillo, más dinero para el bolsillo». Lo peligroso de este libro es que, incluso para quien tenga la sensación de que Antonio Luque es un vinagre, a lo largo de la lectura acabará adorándole.

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